Basta un solo un argumento para maldecir por toda la eternidad la llamada noche de Halloween, que tantos niños y adolescentes celebran en todo el mundo ante la insólita -por lo de irresponsable- permisividad y aliento de sus padres.
José Maria Zavala– ¿Qué progenitores dejarían a sus criaturas jugar con fuego si supiesen el grave riesgo que corren de quemarse vivos? Pues millares y millares volverán a hacerlo esta misma noche en cada rincón de España.
En mi libro Así se vence al demonio (LibrosLibres) doy cumplida cuenta, con testimonios de antiguos poseídos y exorcistas, de cómo se las gasta el diablo y de todo lo que hay que hacer para estar a salvo de sus temibles garras.
Pero fíjense ahora, lo de menos es ya el dineral que se embolsarán otro año más los comerciantes a costa de la infernal nochecita de los zombis, brujas y fantasmas que se ríen de los muertos: más de 7.000 millones de dólares sólo en Estados Unidos, según datos de la Fundación Norteamericana National Retail (NRF).
Cada americanito de a pie se gastará así 75 dólares de media en decoración, disfraces, dulces y diversión. Sólo en esqueletos de tamaño natural, telarañas de mentira y otras baratijas, el gasto se disparará hasta 2.000 millones de dólares. Pero aun así, el mayor negocio para Satán no será una vez más en dólares ni euros, sino en almas.
Voy a hablarles ahora de un pájaro de mal agüero como Aleister Crowley, volcado en el esoterismo perverso y sexual, que se ganó a pulso ser considerado el hombre más perverso del mundo y el padre del satanismo moderno. ¿Sabían acaso que este engendro de hombre, al que apodaban “la Bestia 666”, celebraba por todo lo alto la misma noche de Halloween que sus hijos festejarán hoy?
Llamado en realidad Alejandro antes de trocar su nombre por el de Aleister, según la costumbre celta, para satanizarlo después por el de Baphomet, el ídolo demoníaco al que algunos templarios rindieron culto, nació en 1875 en Leamington Spa, Inglaterra. Crowley fue en apariencia un joven normal, especialmente dotado para el ajedrez, el alpinismo y la poesía mientras estudiaba en la Universidad de Cambridge. Pero su desmedida ambición y sus ansias de celebridad mundial le hicieron volcarse en el esoterismo sexual y en el ocultismo para conseguir sus fines. Su violenta reacción contra las costumbres puritanas de la época, plasmada en su libro La tragedia del mundo y, en concreto, en el capítulo titulado Una infancia en el infierno, constituye todo un cántico a la rebelión y al placer libidinoso.
Este entusiasta de la noche de Halloween acabó fundando la sección británica de la secta OTO (Orden del Templo del Oriente) y más tarde su propio convento de Satán en Cefalú (Cerdeña), donde se practicaban orgías y se inmolaban perros y gatos sobre el cuerpo desnudo de una mujer virgen. También era un iluminado que ofreció nada menos que a Winston Churchill un talismán para acabar con los bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial y que proclamaba a los cuatro vientos que él había ganado la contienda.
Patentó luego un elixir para alargar la vida en el que mezclaba su propio semen, y llegó a masticar los excrementos de su querida durante una misa negra. Murió en 1947, aniquilado por las drogas. ¿Cuántos jóvenes han muerto también ya o han quedado a merced del maligno para el resto de sus días por unirse cada año a una noche que festejan con furor las sectas satánicas en todo el mundo? Gracias a Dios, otras muchas personas prefieren celebrar la Fiesta de Todos los Santos y dormir tranquilos, entre ellos el que esto mismo suscribe.